Pampa de Achala, los baqueanos del viento

Córdoba, Argentina.

Ciento de familias cordobesas viven en pleno desierto de piedra. Las más de 30 mil hectáreas que componen la Pampa de Achala, en la provincia de Córdoba, conforman un paraíso terrenal para las familias que continúan aferradas a las costumbres ancestrales.
Con los años han incorporado tecnología pero es tan poca la importancia que le dan que pasa desapercibida. En su oasis, cultivan frutas y verduras, crían animales para su dieta alimentaria. La soledad, el silencio y el viento son sus mejores compañías.
Como un puma serrano aparece la figura de un habitante de la Pampa de Achala. Se para contra el viento que talló por siglos su rostro, el de sus padres y sus ancestros. Él pertenece a las sierras, que lo vieron nacer y que seguramente lo verán morir. Es un “menonita cordobés”.
Los menonitas, pertenecen al grupo religioso protestante cuya doctrina y estilo de vida se basa en la palabra de Dios.
Entre los habitantes de la Pampa de Achala, la fe católica predomina sobre cualquier otra religión, aunque curiosamente no hay una parroquia a kilómetros para que los fieles puedan dispensar un rezo, encender una vela o hincarse para pedir perdón por sus pecados. Por eso es tan fuerte la presencia de ellos en los actos escolares, donde más allá de lo recreativo, aprovechan la presencia de los curas provenientes de Mina Clavero o de San Antonio de Arredondo. Sin embargo, cada ambiente de sus hogares está adornado por alguna imagen que les garantiza bienestar espiritual.
Cada habitante de la Pampa de Achala lleva consigo los genes de los primeros pobladores de ese desierto de piedra. Los que habitaron en aleros y construyeron ranchos que el tiempo transformó en viviendas, en su mayoría levantadas con piedras de la zona que le dan una armonía perfecta con el ambiente que los rodea.
Bien abrigado, pese al calor reinante, se encuentra sentado en el patio de su casa, poblado de mimbrales y sauces llorones, Nicolás Andrada, conocido en cada rincón de esa inmensidad como “El Negro Sombras”. Tiene un relato vívido y está ansioso de detallar cuestiones cotidianas que hacen a la vida misma y a la rutina de mirar ese paisaje interminable. Sus hijos viven en los poblados cercanos, pero pronto comenzarán a regresar y repoblar esa tierra que les pertenece por añadidura. Junto a su esposa, María Susana Reyna, crían vacas, corderos, pavos, gallinas, recogen huevos, esquilan, siembran verduras y cosechan frutos de arboles que rodean su entorno. Su cocina está apartada de los dormitorios y es el escenario principal donde desarrollan lo cotidiano. Allí la mujer aprovecha cada músculo de lo que han carneado para alimentarse y cada semilla que puede servir para una buena cosecha.

Nicolás Andrada, “El Negro Sombras”

Susana relata que nació en una estancia cercana, donde también nació su padre porque era el lugar de trabajo de sus abuelos. Ella, como la mayoría de sus hermanos, estudió en varias escuelas distribuidas en la zona, como la Ceferino Namuncurá o la escuela Padre Liqueño. Ama la soledad y asegura que si alguien decide llevarla a vivir al “poblado” (la ciudad) sería una condena: “Me levanto temprano porque hay que alimentar las gallinas, amasar el pan, regar las plantas, darle de comer a los animales”, destaca entre sus labores diarias.
La vida diaria de los habitantes de la Pampa de Achala se ilustra por lo que manda el clima o las propias necesidades. Con veranos calurosos de noches frías e inviernos crueles, la vida va plegando el alma y construyendo hábitos de supervivencia. Es muy difícil que los sorprenda un cambio de clima brusco o una pedrea inesperada.

María Susana Reyna

Palmo a palmo

“El Negro Sombras” es un baquiano como pocos. Capaz de caminar en medio de oscuras noches decenas de kilómetros sin otra brújula que su propio instinto, rastreó pumas que hacían daño a manadas de ovejas de vecinos, siguió la huella de personas extraviadas y trabajó como dinamitero en los consorcios que construyeron el actual camino de las Altas Cumbres. Allí se jubiló.
El hombre no sabe qué es el Whatsapp, ni el Facebook, no le interesa ni quiere saber tampoco: “Sé que los niños (los nietos) joden con eso”, señala a la vez que lanza una contagiosa carcajada. Sin embargo conoce a cada vecino que vive a leguas, y pese que hace mucho que no los cruza, conoce casi a la perfección los males que les aquejan a cada uno de ellos y los proyectos que tienen para el futuro. Es curioso pero en la Pampa de Achala es así: el relato de quienes llevan alguna noticia es el tesoro que protegen para luego contarlo. Por eso detallan lo que alguna vez contó su abuela y la abuela de su abuela. La tradición oral continúa en la zona en su máximo esplendor.
Tienen carros tirados por bueyes o caballos, hacen sus propios quesos y chanfainas. Derriten la grasa donde fritarán exquisitos manjares para ellos y sus visitantes. No contaminan y prácticamente no usan combustible, a la vez que atesoran sus costumbres ancestrales como una reliquia. Ellos son los baqueanos del viento.

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