Barranca Yaco: emotivo homenaje al 186° aniversario del asesinato de Facundo Quiroga

Cada 16 de febrero, autoridades políticas, culturales, eclesiásticas y agrupaciones gauchas se congregan en el solitario paraje Barranca Yaco, donde un 16 de febrero, pero de 1835, asesinaron allí al caudillo Riojano Facundo Quiroga, y a su comitiva tras la orden de los hermanos Reynafe que por ese entonces gobernaban los destinos de la provincia.

Si bien los homenajes duran durante todo el mes de febrero., el día de hoy, las agrupaciones gauchas se congregaron en la posta de Sinsacate para marchar hasta Barranca Yaco.

Estuvieron presentes los intendentes de Sinsacate y Sarmiento, los presidentes comunales de Candelaria Sud, Plaza de Mercedes y Colonia Vicente Agüero, el secretario de Gobierno de Colonia Caroya, el director de la Estancia de Jesús María-Museo Jesuítico Nacional y del Museo Nacional de la Posta de Sinsacate Carlos Ferreyra, el Obispo Emerito de La Rioja Mñor. Rodríguez, el legislador provincial por el Dpto. Totoral Raúl Latimori y la Senadora Nacional por La Rioja Clara Vega.

Además autoridades educativas, policiales, de gendarmería nacional, de instituciones intermedias y 20 agrupaciones gauchas.

Dirigieron sus palabras al público la historiadora María Fernanda Vassallo (directora del Museo Histórico Municipal de Balnearia), el historiador riojano Roberto Rojo (director del Archivo Histórico Provincial de La Rioja, quien acompañado de Gustavo Varas, docente de la Universidad Nacional de La Rioja) y la Senadora Nacional Clara Vega.

Entre los numerosos artísticos hubo una pareja de baile que interpretó la zamba “El Tigre” de Roberto Rimoldi Fraga y Daniel Fazzi quien recitó una obra propia, referida a la conmemoración.

Aquel 1835

Por Felipe Pigna

En 1835 Juan Facundo Quiroga residía desde hacía algún tiempo en Buenos Aires bajo el amparo de Juan Manuel de Rosas. El caudillo riojano había luchado en las campañas libertadoras junto a José de San Martín. En 1825, junto a los caudillos federales Juan Bautista Bustos y Felipe Ibarra, se opuso al proyecto político unitario de Rivadavia y se apoderó de la ciudad de Tucumán. Logró sublevar Cuyo y el Noroeste, pero más tarde, al intentar apoderarse de Córdoba, fue vencido por el general unitario José María Paz en La Tablada el 22 Y 23 de junio de 1829 y en Oncativo ocho meses después.

Quiroga mantenía con Rosas una relación de aliado y era considerado por don Juan Manuel como su hombre en el interior. Las diferencias entre ambos caudillos se centraban en el tema de la organización nacional. Mientras que Facundo se hacía eco del reclamo provincial de crear un gobierno nacional que distribuyera equitativamente los ingresos nacionales, Rosas y los terratenientes porteños se oponían a perder el control exclusivo sobre las rentas del puerto y la Aduana.

En este sentido, Rosas argumentaba que no estaban dadas las condiciones mínimas para dar semejante paso y consideraba que era imprescindible que, previamente, cada provincia se organizara

Quiroga nombró a doña Encarnación Ezcurra su representante comercial y le regaló un caballo a don Juan Manuel. Rosas le comentaba a su esposa en una carta la habilidad de Facundo: “Mucho gusto tuve cuando supe que Quiroga te había hecho su apoderada. Este es uno de sus rasgos maestros en política; lo mismo que la remisión de un caballo en los momentos en que lo hizo”.

En 1834, ante un conflicto desatado entre las provincias de Salta y Tucumán, el gobernador de Buenos Aires, Manuel Vicente Maza (quien respondía políticamente a Rosas), encomendó a Quiroga una gestión mediadora. Tras un éxito parcial, Quiroga emprendió el regreso. y fue asesinado el 16 de febrero de 1835 en Barranca Yaco, provincia de Córdoba, por Santos Pérez, un sicario al servicio de los hermanos Reinafé, hombres fuertes de Córdoba, ligados a López. Quiroga se había opuesto tenazmente a los deseos de Estanislao López de imponer a José Vicente Reinafé como gobernador de Córdoba.

Nunca sabremos si porque decían la verdad o por temor a represalias contra su familia, lo cierto es que los Reinafé, ni ante los jueces ni ante la horca, acusaron a Rosas ni a López. Sólo se inculparon entre ellos mismos.

El “manco” Paz cuenta en sus memorias que tras la llegada de la noticia del asesinato de Quiroga a Santa Fe –donde él permanecía detenido– se produjo un “regocijo universal”, y poco faltó “para que se celebrase públicamente”.

La muerte de Quiroga determinó la renuncia de Maza y afianzó entre los legisladores porteños la idea de la necesidad de un gobierno fuerte, de mano dura.

Barranca Yaco

En el viaje de ida, varios amigos le avisaron que los Reinafé querían matarlo; pero desoyó los avisos y siguió camino sin problemas. Al llegar a Santiago del Estero se enteró de que la guerra civil en el norte había finalizado y que Latorre había sido asesinado. Se dedicó a mediar para lograr una serie de tratados entre las provincias del norte, entre cuyas cláusulas figuraba la autonomía jujeña.

Iniciado su camino de regreso a principios del año siguiente, tuvo nuevos avisos sobre que había planes para asesinarlo. Pero tal vez tenía más miedo a pasar por cobarde que a la muerte. El 16 de febrero de 1835, una partida al mando del capitán de milicias cordobés Santos Pérez emboscó su carruaje en los breñales de un lugar solitario llamado Barranca Yaco, en el norte de la provincia de Córdoba. Quiroga se asomó con tono envalentonado (algo que le había dado buen resultado en las batallas) por la ventana de la galera exclamando

¿Quién manda a esta partida?

Siendo -como toda respuesta- muerto de un tiro en un ojo por Santos Pérez. Su cuerpo fue luego tajeado y lanceado, y todos los demás miembros de la comitiva fueron asesinados también. Entre ellos se contaba su secretario, el exgobernador de la provincia de San Luis, José Santos Ortiz y un niño.

El cuerpo de Quiroga fue inhumado en la Catedral de Córdoba.Se lo trasladó en 1946 a la bóveda de los Quiroga en Recoleta. En 2007 un grupo multidisciplinario que ingresó al subsuelo halló el cajón de bronce que guarda su esqueleto de pie dentro de una pared lateral. Los familiares no permitieron abrir el ataúd, para poder así comprobar si a sus pies, como se sabe de tradición oral, reposan los huesos de su esposa.

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